Durante los primeros siglos de existencia de la Iglesia, en medio de las persecuciones por parte de los paganos romanos, el número de los bautizados crecía sin parar, como también el de sus santos y mártires, y el de los escritos doctrinales, que interpretaban los Evangelios y trataban de responder a las inquietudes y necesidades de las comunidades. ¿En qué fecha se celebraba la Pascua?, ¿era lícito servir en el ejército?, ¿se debía obedecer a las autoridades que exigían la abjuración so pena de muerte?, ¿tenían que circuncidarse los varones?, ¿qué alimentos podían ingerirse?, ¿cómo se preparaba a los neófitos?, ¿podían recibirse de nuevo a los cristianos que habían cedido ante las persecuciones?
Mientras muchos cristianos sufrían tormentos, también nacían las primeras herejías, algunas de las cuales se repiten hoy: la gnóstica, que divide la doctrina en dos grados, el exotérico, destinado al vulgo, y el esotérico, reservado a la minoría de los iniciados; la inminencia del fin de los tiempos; y la reducción de Jesús de Nazaret a un hombre, quien, por muy extraordinario que fuera, está desprovisto de naturaleza divina.
San Pablo advirtió a sus hermanos sobre falsos profetas en la carta a los Gálatas: «Aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema!». Y lo mismo hizo San Pedro en la segunda de sus cartas: «habrá entre vosotros falsos profetas que propondrán herejías de perdición y, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida perdición».
EL FIN DE LAS PERSECUCIONES
La era de los mártires concluyó en el siglo IV mediante el Edicto de Tolerancia de Serdica promulgado por el emperador Galerio en abril de 311, seguido dos años después por el Edicto de Milán de Constantino. Galerio, que había participado en la gran persecución de Diocleciano y la había mantenido tras su ascenso a augusto, reconocía así el fracaso pagano en el intento de aniquilar el cristianismo. Pocos días después de firmar el edicto, el monarca falleció.
A fin de zanjar las crecientes disputas teológicas, Constantino, que terminó gobernando sobre todo el imperio, convocó un concilio de obispos en Nicea, cerca de la ciudad que acababa de fundar, Constantinopla. El que fue primer concilio ecuménico de la Iglesia se extendió entre el 20 de mayo y el 25 de julio de 325, y reunió a unos 300 obispos. El papa Silvestre I no acudió por su edad y envió en su lugar a dos presbíteros como legados, Víctor y Vincencio. Presidió la asamblea el obispo Osio de Córdoba (256-357), consejero del monarca y antiguo adversario de la herejía donatista. El principal asunto de debate fue la cuestión cristológica, en torno a la doctrina de Arrio (256-336), un sacerdote del patriarcado de Alejandría ya condenado en un concilio local en 318.
Arrio, que acudió a Nicea junto con una veintena de obispos partidarios suyos, tuvo enfrente a otros dos representantes de la misma iglesia local, el patriarca Alejandro y el presbítero Atanasio. El sacerdote rebelde proponía un subordinacionismo tan radical de Jesucristo a Dios que negaba al primero su naturaleza divina y le consideraba sólo la más excelsa de las criaturas. Esta herejía afectaba al dogma de la Redención, que carecería de eficacia para los hombres si el Verbo encarnado no hubiera sido Dios.
La ortodoxia cristológica se expresó en la redacción de la oración del Credo, a la que se incorporó el término griego «homooúsios«, que indica que la primera y la segunda persona de la Trinidad, el Padre y el Hijo, comparten una misma sustancia (llamada «ousía», en griego) y, por tanto, una misma naturaleza. La traducción española es «consustancial». El Concilio condenó el arrianismo y concluyó con la confesión de fe nicena, firmada por los seguidores de Arrio.
LOS ARRIANOS SE HACEN CON EL PODER
A pesar de la brillantez con que se desarrolló el Primer Concilio de Nicea, en los años siguientes su obra se oscureció debido a la cobardía y la pusilanimidad de gran parte del clero, incluido un papa. Arrio y su partido, encabezado por Eusebio, obispo de Nicodemia, siguieron difundiendo su herejía entre el pueblo, los obispos (sobre todo los orientales) y la corte. Y acabaron ganando con el respaldo de los emperadores. En el Concilio de Sárdica, celebrado en 343, los obispos orientales, ya conversos al unitarismo de la persona de Dios, rompieron con Roma y con los obispos occidentales.
Constancio II, hijo de Constantino, quiso que Osio se retractase de la condena a Arrio y de su defensa de San Atanasio, obispo de Alejandría, para lo que le hizo comparecer delante de un concilio arriano, mandó azotarle y, por último, le desterró a Panonia, donde murió en 357, cumplidos los cien años. Así pudo escribir San Jerónimo sus célebres palabras: «El mundo se despertó un día y gimió de verse arriano».
Como explica el cardenal John Henry Newman en su libro Los arrianos del siglo IV, escrito en 1833, cuando aún era sacerdote anglicano.
«El episcopado, cuya acción fue tan pronta y concordante en Nicea ante el auge del arrianismo, no desempeñó, como clase u orden, un buen papel en los problemas posteriores al Concilio; mientras que los laicos sí lo hicieron. El pueblo católico, a lo largo y ancho de la cristiandad, fue el defensor obstinado de la verdad católica, y no los obispos. Por supuesto, hubo grandes e ilustres excepciones […] pero, en general, considerando la historia en su conjunto, nos vemos obligados a decir que el cuerpo gobernante de la Iglesia no estuvo a la altura, mientras que los gobernados fueron preeminentes en fe, celo, valentía y constancia».
Sí, los fieles laicos fueron los que defendieron el dogma niceno mientras muchos obispos, se inclinaban ante las órdenes de los césares y el miedo.
El papa Liberio, después de sufrir persecuciones por parte del emperador Constancio II y de los arrianos para que aceptara la herejía, cedió. Uno de sus actos más reprobables consistió en la excomunión de Atanasio, obispo de Alejandría desde 328.
La carta de excomunión principiaba con estas palabras: «En el compromiso por la paz y la concordia de las Iglesias…». Las llamadas a la unidad y la concordia movidas por la prudencia dentro de la Iglesia no comenzaron ni con el Acta de Supremacía de Enrique VIII, ni con el juramento de la constitución del clero francés, ni con los Arreglos entre Roma y el gobierno masónico mexicano que condenaron a los cristeros, ni con la convivencia con el comunismo, ni con la aceptación de un papa tiránico.
APARECEN LOS HISPANOS
Al final, la derrota de esta herejía en el Imperio romano se debió al poder civil. El general hispano Teodosio ascendió al trono del Imperio de Oriente en 379 y, como creyente en la consubstancialidad, retiró el apoyo público a los arrianos. Mediante un decreto en 380 convirtió el cristianismo niceno en religión oficial. Y en mayo de 381, Teodosio convocó el primer concilio de Constantinopla (segundo de los ecuménicos) para reparar el cisma entre Oriente y Occidente sobre la base de la ortodoxia nicena. No sólo se volvió a condenar a quienes negasen la divinidad de Cristo, sino a nuevas herejías, como la macedonianista, que hacía emanar al Espíritu Santo de Cristo.
En este concilio, que presidió el obispo Melecio de Antioquía y al que asistieron un centenar y medio de obispos orientales, se elaboró el Credo actual, llamado desde entonces niceno-constantinopolitano. La gran obra teológica de la Cristiandad en el siglo IV fue la formulación del dogma de la Trinidad.
El arrianismo, sin embargo, siguió envenenando almas. El obispo Ulfilas lo extendió entre los germanos. Los visigodos, que se asentaron en Hispania, lo mantuvieron hasta la abjuración y conversión al catolicismo del rey Recaredo y su pueblo en el III Concilio de Toledo (589).
El «posconcilio» que siguió a Nicea fue, en palabras del sacerdote e historiador José Orlandis, «uno de los episodios más sorprendentes de la historia del cristianismo». Newman interpretó esos hechos del siglo IV en clave religiosa:
«Quizás se permitió para inculcar en la Iglesia, en el mismo momento en que pasaba de sufrir persecución a su larga ascensión temporal, la gran lección evangélica de que no son los sabios y poderosos, sino los desconocidos, los ignorantes y los débiles quienes constituyen su verdadera fuerza. Fue principalmente gracias al pueblo fiel que el paganismo fue derrocado; fue gracias al pueblo fiel, bajo la dirección de Atanasio y los obispos egipcios y, en algunos lugares, con el apoyo de sus obispos o sacerdotes, que la peor de las herejías fue resistida y erradicada».
Y sin duda, nos hallamos en otro tiempo en que es al pueblo fiel, a los «sencillos», al que corresponde defender la fe y reprender a los obispos. Por cierto, como hizo Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia.