Este artículo, que publicamos en homenaje a don Dalmacio en el aniversario de su fallecimiento, apareció por vez primera en inglés en el número de invierno de 2025 (n.º 37) de la revista The European Conservative)
España, imperio derrotado y exhausto, se convierte en objeto de la política internacional en el siglo XIX, saeculum horribilis de la nación española. La batalla naval de Trafalgar y la terrestre de Ayacucho (virreinato del Perú) marcan la declinación inexorable de la Monarquía Hispánica. Londres condiciona la política exterior de España, aunque París la determina, pues una dinastía extranjera, los borbones, ciñe su corona desde el reinado de Luis XIV y su Grand Siècle. A nadie extrañe que el casamiento de la reina Isabel II (1846) no lo decida el gobierno de Madrid, sino una resolución secreta de la diplomacia anglofrancesa. Se suceden, desde 1809 (Estatuto de Bayona, primera de las constituciones españolas escritas), las leyes fundamentales y las cartas otorgadas galiparlas, expresión de la persistente influencia francesa en el constitucionalismo y en el pensamiento político españoles. España malvive políticamente y sufre de la “manía constitutoria”, pues se hace creer a la opinión pública que una “constitución” solventa cualquier papeleta y remedia todo mal. Una triste revolución de opereta, llamada “La Gloriosa”, con sus chaqueteros, sus prófugos y sus fusilados (1868), el reinado exótico y breve de Amadeo de Saboya (1871-1873) y una república federal que inflama los separatismos regionales (1873-1874) abocan al Desastre, la derrota de 1898 frente a la escuadra norteamericana en Santiago (Cuba) y Cavite (Filipinas). Y eso se parece mucho a un finis Hispaniae.
Expulsada del hemisferio occidental por el Tratado de París (1898), España se verá comprometida en el Mediterráneo por la política de poder (Machtpolitik) de las grandes potencias europeas, echando sobre sus hombros el nefasto protectorado del Rif (Marruecos). “El Rif es un hueso para un perro y ese perro es España”, escribe el literato Ernesto Giménez Caballero. Cuando casi todo toca fondo, unos meses antes, con la proclamación de la Segunda República, este mismo personaje genialoide publica su libro Genio de España (1932), examen de la decadencia española e incoación terapéutica de su resurrección, hito en la formación espiritual de las juventudes.
En ese contexto, muy marcado espiritualmente por la enervadora pesadumbre y el derrotismo de la Generación del 98 (Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu) y por el más deprimente y frívolo de los ensayos de José Ortega y Gasset, España invertebrada (1921), pero también por la esperanza de una nueva promoción de universitarios, la “clase de los competentes”, jóvenes afanosos que anhelan elevar el tono espiritual y científico del país, sometiéndolo a una reforma tectónica, viene al mundo Dalmacio Negro Pavón (23 de diciembre de 1931), dos semanas después de la aprobación de la constitución de 1931.
Madrileño de raíces veterocastellanas y gallegas, Dalmacio Negro es hijo de un abogado y funcionario de la Dirección General de Seguridad y de una maestra dedicada a la enseñanza de niños sordomudos. Don Dalmacio, como le llaman sus alumnos, experimenta en carne propia, niño de apenas 5 años, la tragedia de la guerra civil española. Su padre, condiscípulo de José Antonio Primo de Rivera en la Facultad de Derecho de Madrid y republicano, pero sin militancia política relevante, es secuestrado en su domicilio por el gobierno del Frente Popular, encarcelado en una checa y asesinado por los comunistas en el holocausto español de Paracuellos del Jarama (otoño de 1936). Rescatado por la Cruz Roja (inglesa) junto a su madre y su hermano, escapa del Madrid sitiado. Después de la guerra civil será educado, como la inmensa mayoría del país, en un espíritu de reconciliación nacional, aunque ahora, por conveniencia, renieguen de ello los promotores de infames “leyes de memoria histórica”.
El joven Dalmacio Negro estudia Derecho y Filosofía, aunque inicialmente había considerado estudiar medicina y de ahí, tal vez, una conexión remota y en él inconsciente entre la nonata vocación hipocrática y su concepción “farmacológica” de la política –el remedio fuerte para los estados de excepción y las situaciones políticas anómalas–.
Don Dalmacio, humilde sin afectación alguna, se ha presentado a sí mismo como “transmisor” de la doctrina de sus maestros, el grupo intelectual de primer nivel con el que se encuentra en la Universidad Central a principios de los años 50: una promoción de juristas de Estado e historiadores de las ideas políticas como no ha habido otra en la historia reciente de España. De hecho, todos esos hombres, nacidos en los primeros años del Novecientos, han llegado a constituir la generación española más compacta, creativa y original en el campo del pensamiento político desde los siglos XVI y XVII –décadas áureas de la cultura hispánica–. Pues escritores políticos tan notables como Juan Donoso Cortés o Jaime Balmes, ya en el siglo XIX, no dejan de ser las excepciones que confirman el decaimiento general del pensamiento político español, al menos hasta su recuperación en el tercio medio del siglo XX. Este acontecimiento que tiene lugar entre los años 1935 y 1969, periodo en el que la “generación de los juristas del 27”, la de los maestros de Dalmacio Negro, hace su obra e influye decisivamente en la transformación de España, nación que dejará de ser el “hombre enfermo de Europa”, pues se empina políticamente en el mundo y desarrolla su economía bajo el influjo de la escuela ordoliberal. Carl Schmitt, que ha conocido la España de los años 20 y 40, ve en 1951 avivarse en ella la conciencia y el orgullo nacionales.
De los maestros de don Dalmacio, a quienes este siempre se ha mantenido fiel, pues uno no puede desentenderse de aquellos hombres con los que se ha formado intelectualmente, puede decirse que dan contenido a un “cuarto de siglo de oro del pensamiento político en España”. Los nombres de Francisco Javier Conde o Luis Díez del Corral están pegados, mayormente por su magisterio oral y directo (ex auditu), a Dalmacio Negro, pero sin ignorar los de otros representantes de esa gavilla de españoles egregios: José Antonio Maravall, Manuel García Pelayo o Jesús Fueyo. Todos ellos han sido amigos y eventualmente condiscípulos en la Universidad de Madrid. Han sido becarios en diversas universidades europeas, pero sus afinidades intelectuales apuntan a Alemania, destino que para los hombres de su generación puede compararse con la Italia del Renacimiento para los españoles de entonces. En las fuentes del Rin, estimulados por Ortega y Gasset, se busca el “fermento rubio”, el revulsivo espiritual –la “ciencia alemana”– capaz de renovar España de arriba abajo. Medio en broma y medio en serio, se dice que esos jóvenes españoles pensionados en Berlín son “palmeras que quieren convertirse en abetos”.
La contribución de los llamados “juristas del 27” a la edificación de un Estado en España ha resultado decisiva en los años 50 y 60 del siglo pasado. De algún modo, como ha explicado el profesor Negro en Sobre el Estado en España (2007), su tarea culmina –bajo la “dictadura constituyente de desarrollo” del general Franco, un genio de la decadencia, como Charles de Gaulle– los intentos del liberalismo decimonónico de asentar el Estado y con él una administración pública eficiente. Dalmacio Negro, a la sazón el más importante de los historiadores españoles del Estado, nos ha revelado el valor de esos hombres y asimismo el de una etapa fundacional de la historia contemporánea de España. Ha sido, pues, él quien ha dilatado nuestro horizonte, sobre el que apunta ya la España futura. Se ha dicho, poco después de su muerte, que nuestra deuda con el profesor Negro es enorme, pues, gracias a él, sus alumnos y lectores tenemos al menos una posibilidad de no morir políticamente idiotas. Lo mismo podríamos decir de otros dos finos ingenios políticos españoles, interlocutores y amigos de Dalmacio Negro: Gonzalo Fernández de la Mora y Álvaro d’Ors.
Pero don Dalmacio no es solo epígono o “transmisor” de un legado intelectual. Por su cuenta y en solitario, en una España, la de los años 70 y 80, ciertamente hostil a las ideas liberales y conservadores, el profesor Negro devuelve su esplendor a “la tradición liberal de lo político”, identificada con la política occidental, una actividad proyectada en el tiempo y asentada sobre sillares grecorromanos y cristianos. Dalmacio Negro solía recordar que es en Grecia donde el hombre descubre nada menos que el logos político o, dicho de otro modo, la posibilidad del modo de vida político. Precisamente en La tradición de la libertad (2019), su testamento intelectual, recapitula “la tradición política de la libertad”, despejando de confusiones economicistas (Austrian Economics) o moralistas (individualismo progresista) el liberalismo político, opuesto al liberalismo regalista. Este último, un liberalismo paradójico, ha sido deformado por la acción conjunta de la Revolución francesa y el crecimiento del Estado, acicate de lo que nuestro maestro, con Thomas Molnar, llamaba “liberalismo totalitario”. Pues el genuino liberal, a su juicio, es el espécimen europeo del realista político, muy próximo en su concepto a Raymond Aron, un “maquiavelista moderado”.
Dalmacio Negro discurrió sobre El mito del hombre nuevo (2009) y sobre La ley de hierro de la oligarquía (2015), pero su contribución más original se encuentra en el breve ensayo Gobierno y Estado (2002), pues en él se fija una distinción metapolítica esencial, del mismo rango que las alumbradas en 1932 y 1965 por Carl Schmitt –lo político (das Politische) y el Estado (der Staat) y Julien Freund –lo político (le politique) y la política (la politique)–: la distinción entre Estado y gobierno, generalmente pasadas por alto en la ciencia política. Mientras que el gobierno, expresión del poder y del mando, es una constante histórica (“siempre hay un gobierno”), el Estado es una forma política histórica, concreta y, de alguna manera, accidental. La fórmula “Estado medieval” nunca tuvo sentido. ¿Acaso Carlomagno fue automovilista? El Estado y, por tanto, la estatalidad –Staatlichkeit–, se superpone con la modernidad, de modo que “no siempre ha habido Estado”. Semejante distinción, “una banalidad superior y olvidada”, es otra de las marcas de la casa, desarrollada con gran erudición en Historia de las formas del Estado. Una introducción (2010). Un libro, por cierto, en el que se transparente también su extraordinaria vis docente, pues en sus páginas se recoge la experiencia intelectual de más de medio siglo al frente de su cátedra universitaria de “Historia de las Ideas y de las Formas Políticas”, una “invención” del historicismo alemán perfectamente aclimatada en España.
Don Dalmacio, aficionado a las crestomatías y al noble arte de la cita a pie de página, no solo fue escritor, sino también lector y, por tanto, deudor, como solía recordar citando a Alfred N. Whitehead (“nadie nace con sus propias ideas”). Una sobremesa a su lado se convertía para nosotros, espontáneamente, en un plan de lecturas. Al mismo tiempo, su ironismo y su sosiego eran una lección sobre el modo de estar en el mundo. Realista político liberal, nos previno contra la “indignación” y la no menos estéril “desesperación”, actitudes en última instancia antipolíticas, propias de jóvenes exasperados y sin experiencia de la vida, maleables en suma (la primera) o de viejos valetudinarios, comidos por la angustia y de espíritu fósil (la segunda).
Pero su más perdurable magisterio fue el compromiso con la verdad. A su lado aprendimos que la verdad es insoportable y que aflige a la mayoría de la gente. Someterse a ella pasa factura. Pero la hemos pagado con buen ánimo, pues sabemos que la libertad sustancial, la auténtica libertad del hombre, depende de la dosis de verdad que este puede soportar.