El terror venido de fuera

Alien no se escapa al destino actual de las grandes sagas cinematográficas

Una de las características del cine de los últimos años es su vuelo gallináceo, la aceptación tácita de que hay algo más importante que la propia historia que nos están contando, la preocupación más o menos expresa porque la propuesta, las emociones y mitos que pretenden forjar ante nuestros ojos no lleguen a adquirir vida propia y nos lleven a territorios imprevistos, creando algo que pueda ser interpretado por los espectadores a su manera y no a la que los guionistas/directores/estudios marquen. No vaya a ser que, así en un descuido, nos hagamos fascistas como quien no quiere la cosa.

Ocurrió con El Bromas, oficialmente titulada en España como Joker y más acertadamente en Hispanoamérica como Guasón. En vez de saturarnos visualmente con la enésima salvación del mundo en otro bostezante choque dimensional del multiverso, la narración se centraba en un desdichado que resultaba reconocible a cualquiera, cuya creciente alienación en una sociedad en la que no lograba encajar terminaba generando una revuelta social con él de improvisado líder, pues sus cuitas particulares al exponerse al escarnio mediático resultaron ser las de muchos otros, haciendo de lo personal algo colectivo (¿no era eso la política antes de que proliferaran los discursos de autoayuda?).

La película gozó de un impresionante éxito y se convirtió en material de memes en redes sociales, recreando en cierta forma lo que narraba en la pantalla. Ante ese temor a que se convirtiera en un icono incel-groyper la reacción de sus artífices fue entonces rodar una segunda parte donde el personaje quedaba completamente subordinado a un personaje femenino (encarnado por Lady Gaga), anulado en todos sus rasgos distintivos y finalmente muerto sin heroísmo alguno. Circulen, ya no queda nada que mirar. Algo parecido se hizo anteriormente con Indiana Jones, así como con otras sagas, personajes célebres de la cultura popular, la literatura o la historia, donde todo pasa por la batidora posmoderna deconstructivista volviéndose autoparódico, autoconsciente, desmitificado, diversificado en razas y géneros, invertido moralmente y, sobre todo, aburrido e intrascendente. Tal vez el ejemplo más atroz ha sido la nueva versión que rodó Amazon de El Señor de los Anillos que ya analizamos en su momento, donde entre otros despropósitos ahora había orcos buenos que debían merecen nuestra compasión, sustituyendo así el universo moral tolkeniano por moralina progresista que encajaba tanto en esta narración como representar a los hobbits desplazándose en patinete eléctrico.

Pues bien, más recientemente le ha llegado el turno a Alien, con la serie en ella inspirada de nombre Alien: planeta Tierra, bodrio infecto a evitar como si de una señal de socorro del planetoide LV-426se tratase, que ha sido perpetrado por Disney, los mismos de la mencionada entrega de Indiana Jones y de las recientes de Star Wars. De manera que podemos ver ahí un hilo conductor. Ahora bien, para saber qué es lo que falla en esta nueva entrega en torno al xenomorfo ideado por Giger es necesario entender qué es lo que previamente sí se logró, la fórmula de su éxito, qué tecla supo tocar en el alma de los espectadores.

El propio título es una palabra que según el diccionario Cambridge tiene tres significados «criatura de otro planeta», «alguien que proviene de otro país» y «algo extraño, no familiar». Ahí tenemos un buen material para provocar miedo, pues tal vez en un remoto pasado hubiera tribus que recibieran con los brazos abiertos todo lo que llegara del exterior, sin recelo alguno a lo desconocido. Nosotros provenimos de los que sí lo sintieron, que son las que sobrevivieron y tuvieron descendencia, así que llevamos impresa muy dentro esa intuición ancestral de que ahí fuera de los límites, en la oscuridad, acechan las fieras.

Si nos remontamos a épocas más recientes en su libro Filosofía del terror o paradojas del corazón el filósofoNoël Carroll nos deja un planteamiento muy interesante que amplía esta idea: el género de terror surge en la literatura en el siglo XVIII con El Castillo de Otranto, justo en el Siglo de las Luces, acompañando a la Ilustración ¿Casualidad? No lo parece. Para que un monstruo sea horripilante, debe ser percibido como antinatural, lo cual requiere un concepto establecido de lo que es natural, explica el autor, la Ilustración, al definir los límites de la naturaleza según la ciencia creó el espacio conceptual previo para que los monstruos del horror existieran como violaciones de ese orden, definidos como «cualquier ser que no se cree que exista ahora según la ciencia contemporánea».

Hay mucho de esto en Alien, si prestamos atención: retrata un mundo futurista, pletóricamente tecnocientífico, donde impera una rígida jerarquía, orden, racionalidad, todos siguen profesionalmente unos protocolos de actuación y son pastoreados por una IA en la que confían («Madre» la llaman), incluso llevan a bordo a un oficial científico que resulta ser un robot. Son, además, una pequeña familia/tribu, que come en círculo —falta la hoguera en medio—, bromean y discuten entre ellos, se preocupan por cosas mundanas como el sueldo y siguen manías tan reconocibles como tener un asiento favorito. Entonces entra en escena una criatura absolutamente extraña en ese mundo y todo salta por los aires.

Para que compartamos el desconcierto de los personajes la narración se ha tomado previamente su tiempo en mostrarnos ese microcosmos, ha transcurrido casi una hora cuando se nos atraganta John Hurt y nace ese pequeño rompe-pechos precisamente en otra de sus alegres festines comunales. Luego crece en un lapso inaudito para lo que estamos habituados en nuestro hábitat y nada hay en ella reconocible ni en su aspecto ni comportamiento, pues según lo describían en una memorable escena es «un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos, ni las fantasías de moralidad».

En otro acertado giro de guion descubrimos que el científico-robot tenía instrucciones ocultas, tal como la «Madre»: toda la tripulación no eran más que conejillos de indias. El despotismo ilustrado pierde su aura benevolente y las grandes corporaciones, ya concebidas como entidades estatales o paraestatales, se nos muestran como un poder lejano e implacable, tan frío y amoral como esa misma aberración de los confines del universo que aspira a utilizar en su propio provecho. La modernidad era esto. En cierta forma la historia sigue la estela de Frankenstein: la ciencia en busca del conocimiento prohibido termina engendrando un monstruo, o pretendiéndolo domesticar.

La segunda parte, Aliens: el regreso, reincidió en esta idea, haciendo evolucionar de paso a la protagonista de la mera superviviente inicial (bueno, salvó al gato) a toda una heroína que al comienzo se muestra reticente a regresar a aquel lugar y finalmente adopta a esa niña como a una hija, lo que le da fuerzas para enfrentarse a otra madre, la alienígena. Así se complementa lo mostrado en la primera entrega, pues nos faltaba saber quién ponía esos huevos. Estéticamente ambas películas muestran una plena continuidad, pueden verse una tras la otra sin saltos.

Con las siguientes la cosa cambió. Cada vez más alejadas del concepto original, que ni siquiera alcanzaban a comprender, las sucesivas secuelas se fueron extraviando en ocurrencias que solo hacían gracia a sus creadores, todo bajo la nefasta supervisión de un cineasta como Ridley Scott que pensó que el juguete era suyo y podía hacer con él lo que quisiera. Pero ni los mitos ni el arte funcionan así…  

Pues bien, en esa deriva hemos llegado a la serie Alien: planeta Tierra. La gran corporación ahora está dirigida por un chico prodigio, que es inteligentísimo porque así lo describen en los diálogos, porque su comportamiento en todo momento es el de un oligofrénico. El del resto del elenco es parecido: todo gente fea y tonta cuya muerte acaba resultándonos indiferente cuando llega. De esa manera la compañía interestelar, antes distante e inhumana en sus designios como un ser lovecraftiano, pasa a ser solo una parodia. Qué decir del propio xenomorfo, ahora capaz de comunicarse telepáticamente y recibir órdenes como una mascota amaestrada, exhibido a la luz del día, ya carente de todo misterio. De hecho, el último capítulo se titula «Los verdaderos monstruos» aludiendo a los humanos codiciosos en sus luchas de poder en la Tierra (hay un amago de Juego de Tronos) y no a lo que venga de fuera, que hay que esforzarse en comprenderlo e integrarlo: los aliens, otras víctimas incomprendidas junto a los orcos. Porque en estos tiempos ya sabemos que las conclusiones vienen incorporadas sin darle margen al espectador. Mientras, el pobre bicho acaba convertido en comparsa, si lo quitasen ya ni nos enteraríamos. Toda la trama en sus ocho episodios resulta ser un completo despropósito, nada de valor puede rescatarse de semejante bosta humeante, templo de moscas y lombrices.

¿Qué necesidad había de hacernos esto a los espectadores? Tal vez solo recordarnos, por comparación, lo magistrales que fueron las dos primeras películas, obras de arte que perdurarán en el tiempo.      

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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