Primero socialista, luego canciller y después rico. Así puede definirse la vida del alemán Gerhard Schröder. Al final de su paso por la cancillería (1998-2005) y antes de enriquecerse, firmó con el eterno presidente Vladímir Putin el acuerdo para que la empresa Gazprom, cuyo principal accionista es el Estado ruso, tendiese un gasoducto en el mar Báltico de 1.200 kilómetros de largo que trasladase gas natural a Alemania, con la finalidad de sustituir el viejo gasoducto que atraviesa Ucrania. Unas semanas más tarde, Gazprom le contrató como presidente de la filial encargada de construirlo, con un salario de 250.000 euros anuales. ¡Qué elástico es el concepto del honor de los demócratas de izquierdas!
DEPENDENCIA ENERGÉTICA, ¿DE QUIÉN?
Desde entonces, y sobre todo desde la invasión desencadenada en febrero de 2022, Schröder ha sido interpelado varias veces por sus relaciones personales y económicas con Putin, y siempre ha respondido con altivez: hizo lo que hizo por Alemania. Similar respuesta da su sucesora, Angela Merkel, en sus memorias. Ésta atribuye las críticas de Polonia y Ucrania al Nord Stream a la pérdida de dinero con los derechos de tránsito. La ossie olvida mencionar que su gobierno aprobó el nombramiento de Schröder para la filial de Gazprom y, también, que su principal asesor diplomático le advirtió de los riesgos. Los cálculos geopolíticos no entraban en sus fórmulas de doctora en química.
A mediados de octubre, Schröder compareció por vídeoconferencia ante la comisión de investigación del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En un pequeño municipio de este estado alemán, Lubmin, concluían los Nord Stream. La prensa, incluida la española, se ha centrado en el enfado de Schröder cuando las preguntas le molestaron. Ese ruido encubrió otras palabras mucho más importantes. Por ejemplo, aseguró que las objeciones de los gobiernos de Varsovia a los gasoductos no le interesaron, aunque vinieran de un socio en la UE y aliado en la OTAN.
A principios de 2021, el estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, gobernado por los socialdemócratas desde 1998, constituyó una fundación para la protección del medio ambiente, que era una tapadera para continuar las obras del Nordstream-2 sin sufrir las sanciones de Estados Unidos. Gazprom aportó 20 millones de euros al capital de la fundación y el gobierno local sólo 200.000 euros. “La fundación fue un instrumento para evitar las intervenciones estadounidenses en nuestra política energética”, declaró Schröder. Y justificó la cooperación económica con Rusia como una “política de paz”.
El Gobierno de Schröder, formado por socialistas y ecologistas, aprobó el cierre de los diecisiete reactores nucleares del país para 2022, que luego prosiguió la democristiana Merkel y, a pesar de la guerra de Ucrania, se realizó por completó en abril de 2023. Para reemplazar las centrales nucleares, que aportaban entonces la cuarta parte de la electricidad que consumía Alemania, el Gobierno recurrió al gas natural de origen ruso. (Al igual que en los años 80 los socialistas españoles aumentaron el suministro de gas natural de Argelia, después de paralizar la construcción de centrales nucleares.)
Y un viejo fantasma empezó a recorrer las cancillerías occidentales, el fantasma de una alianza entre Rusia y Alemania sellada con los gasoductos Nord Stream.
LA TENTACIÓN DE LA «MARCHA AL ESTE»
La unificación de Alemania, culminada con la proclamación del II Reich en Versalles en 1871, fundó un país que era demasiado grande para Europa y al que sus fronteras le parecían ataduras. Una de las explicaciones de la victoria de Prusia sobre Francia fue la negociación de Otto von Bismarck, antiguo embajador en San Petersburgo, con el zar Alejandro II para obtener la neutralidad de Rusia. La estrategia posterior del canciller de hierro consistió en aislar a Francia mediante alianzas con Austria y, sobre todo, con Rusia. Los británicos, que entonces dominaban el mayor imperio del mundo, temían un reparto de Eurasia entre los rusos y los alemanes: la demografía y los recursos naturales de los primeros sumados a la industria y la laboriosidad de los segundos. Las dos naciones podrían apoderarse de los Dardanelos, Afganistán, Persia, Escandinavia… y dispersar sus flotas por los océanos.
Pero la asociación entre Rusia y Alemania la destrozaron dos políticos alemanes: el emperador Guillermo II y el canciller Adolf Hitler. Llevaron a la guerra a su país y fueron derrotados. Aquí no hubo conspiración anglosajona, sino el error de dos gobernantes alemanes a los que cegaron sus prejuicios raciales e ideológicos.
El abrazo entre Rusia y Alemania se hizo realidad en el Tratado de Rapallo (1922), firmado por los dos vencidos de la Gran Guerra de manera inesperada. El gobierno burgués alemán y el comunista ruso (el nombre de URSS nació a finales de ese año) apartaron sus ideologías y sus agravios y se unieron frente al Occidente que les había reducido a la condición de parias. En los años siguientes, el minúsculo ejército alemán, la Reichswehr, se entrenó en la URSS y, como pagó, adiestró a numerosos oficiales del Ejército Rojo. Hitler rompió ese acuerdo, aunque el pragmático Stalin estaba dispuesto a mantenerlo, aceptando incluso que los nacional-socialistas liquidasen a los comunistas alemanes y austriacos.
La reconstrucción temporal de esa amistad en agosto de 1939 permitió a Berlín atacar Polonia y Francia. Stalin esperaba la repetición del estancamiento del frente occidental para volver a marchar sobre Varsovia y Berlín; y es cierto que, al final de la guerra, el Ejército Rojo había conquistado esas dos capitales. Stalin admiraba a Alemania, mientras que Hitler veneraba a Inglaterra y odiaba a Rusia. Los amores no correspondidos llevaron a que el 80% de las bajas alemanas en la guerra las causaran los soviéticos.
Al comienzo de la Guerra Fría, Stalin sopesó consentir la reunificación de Alemania a cambio de la neutralidad de ésta, con la esperanza de alcanzar su gobierno mediante unas elecciones. Pero el canciller de la recién nacida república federal, Konrad Adenauer, lo rechazó, porque temía el yugo comunista… y una Alemania prusiana.
Tras la reunificación alemana y la disolución de la URSS, a muchos en Occidente, como Margaret Thatcher y François Mitterrand, les inquietaba el nacimiento de un IV Reich que se apoderase de Centroeuropa mediante el marco y girase hacia el este para engendrar, esta vez sí, un gigante.
LOS GASODUCTOS: NEGOCIO Y RIESGO
Aunque los alemanes reconocieron como definitivas las fronteras posteriores a 1945 y aceptaron diluir su marco en el euro, las razones geopolíticas y económicas reclamaron su espacio.
Rusia era un inmenso mercado, donde comprar materias primas a cambio de automóviles y maquinaria… Y a partir de 2000, en Moscú mandaba un antiguo oficial de la KGB admirador de lo germánico. Una vez estabilizada Rusia y restaurada “la vertical del poder” (es decir, eliminados, o domados, los mafiosos y los caciques), los alemanes descubrieron que se podían hacer excelentes negocios. Y el principal fue la compra de hidrocarburos. Surgieron en la industria, la política, la universidad y la prensa los “Russlandversteher” (los amigos o los que comprenden a Rusia), en ocasiones abonados con la perspectiva de ganar mucho dinero.
Desde mediados de los años 70, Alemania recibía gas natural de la URSS por medio de un gasoducto que atravesaba Ucrania y Polonia. Para sustituirlo, Schröder y Putin pusieron en marcha los Nord Stream. Cuando se acercaba la conclusión del Nord Stream 2, los ministros de Asuntos Exteriores polaco y ucraniano publicaron un artículo en febrero de 2021 en el que afirmaban que “el Nord Stream se diseñó para socavar la seguridad energética europea”, recordaban que sus gobiernos habían intervenido en la aprobación de las sanciones por parte del Congreso de Estados Unidos y, por último, instaban al presidente Biden “a que utilice todos los medios a su alcance para impedir que el proyecto se complete”.
En cambio, la generación que sigue gobernando Alemania estaba tan convencida de haber entrado en una época de paz universal, comercio y descarbonización que se negaba a aceptar las consecuencias geopolíticas del Nord Stream. Las quejas, advertencias y sanciones de EEUU y varios países europeos, tanto de occidente (Francia y Reino Unido) como de oriente (Polonia y Ucrania) no detuvieron las obras. Tampoco lo hicieron el Euromaidán en Ucrania (2013), ni la ocupación por Rusia de la península de Crimea y la región del Dombás (2014). Una evaluación de seguridad sobre el gasoducto fechada en octubre de 2021 elaborada por el Gobierno de Merkel afirmaba que el riesgo de que Moscú cortase el suministro de energía era muy bajo.
Cuando en 2018 Donald Trump avisó en la ONU a Alemania de que se iba a convertir en totalmente dependiente de Rusia, a la vez que felicitó a Polonia por independizarse de los rusos mediante otro gasoducto con Dinamarca, los alemanes se rieron. En EEUU se tenía claro que el gasoducto era, en palabras del secretario de Estado Anthony Blinken, “un proyecto geopolítico ruso”. Pocos días antes de la ‘operación militar especial’ lanzada por Moscú (2022), Washington recurrió a las amenazas directas. Biden, que había acusado a Putin de “asesino” y de amañar las elecciones de 2016 en favor de Trump, dijo, junto al canciller Olaf Scholz, de visita en la Casa Blanca: “Si Rusia invade Ucrania, el Nord Stream 2 dejará de existir. Le pondremos fin”.
En septiembre siguiente, con la guerra comenzada, unas explosiones submarinas destrozaron el Nord Stream-1, que estaba parado por falta de uno de sus turbocompresores, y el Nord Stream-2, que aún no funcionaba debido a las protestas de EEUU. Uno de los sospechosos del sabotaje, un ucraniano detenido en Polonia, no ha sido extraditado a Alemania, que lo reclamaba para juzgarle. El juez polaco que rechazó la extradición afirmó que, si las fuerzas especiales ucranianas hubieran volado el oleoducto, el ataque estaba justificado.
Los polacos temen volver a ser el primer plato en el banquete de las bodas de Rusia y Alemania, y, por tanto, se niegan a ir a la mesa. Ya que no pueden resucitar el Intermarium del mariscal Pilsudski (una alianza de los países desde Finlandia hasta Serbia, incluyendo Ucrania, para sobrevivir a rusos y germanos), aceptan colaborar con los planes del mundo anglosajón para mantener la que Henry Kissinger llamaba “la pluralidad europea”.
En estos momentos, Alemania y sus vecinos están férreamente vinculados a Occidente, en parte por el miedo de las poblaciones locales a los rusos, que ocuparon Europa Oriental hasta los años 90, y en otra parte por la nefasta diplomacia rusa.
El nuevo canciller, Friedrich Merz, al frente de otra ‘gran coalición’ de populares y socialistas, prosigue el rearme del país, aumenta la implicación de Alemania a favor de Ucrania y participa en la defensa de sus vecinos de la OTAN, sobre todo los que se encuentran entre ella y Rusia. El aislamiento de Rusia en Europa supera al que vivió después de la Primera Guerra Mundial, hasta Rapallo, y sólo se puede comparar al posterior a la guerra de Crimea. En Washington pueden descansar. Su pesadilla se ha disipado y, encima, hacen caja vendiendo a Europa gas natural licuado, traído en buques metaneros.