Ormuz, una de las llaves del mundo

Estados Unidos quiere mantenerlo abierto al tráfico de buques para que siga fluyendo petróleo de sus aliados árabes a sus aliados asiáticos

Me asomo al mundo y me parece regresar al pasado, antes de haber cumplido los quince años, cuando estábamos sumergidos en el baile de chaquetas de la prodigiosa transición y en la sangre vertida por los terroristas. El gobierno español desempolva el NODO para adoctrinarnos sobre la figura del general Franco. El rey Juan Carlos reivindica su papel en el 23-F para defender la democracia que “nos hemos dado”. Y, debido a la última campaña militar contra Irán, se repite la expresión del “cuello de botella del estrecho de Ormuz”. Incluso se escuchan lamentos por la participación de Estados Unidos y de Francia en el derrocamiento de la monarquía pro-occidental en 1979.

Como en la guerra entre el Irak de Sadam Hussein, entonces confiable aliado de Occidente, y la república islámica del ayatolá Jomeini (1980-1988), planea sobre la economía mundial el cierre a cañonazos del estrecho que atraviesan cientos de petroleros para salir al océano Índico. El barril sube y sube en los mercados. Los ineptos gobiernos europeos vuelven a debatir el racionamiento de energía. Y Moscú se frota las manos con el chorro de dólares que caerá en su máquina militar, gracias a la sed de petróleo del mundo.

Con sus 35 kilómetros de ancho y su tráfico de petroleros (más de una docena diaria de media), Ormuz es uno de los grandes ejemplos de la ‘geopolítica de los accesos’, dedicada a estudiar el control, sea directo o indirecto, sobre los accesos marítimos y fluviales que las potencias implicadas consideran estratégicos para la superioridad militar y los flujos de bienes y suministros críticos, desde alimentos a materias primas.

LA HEGEMONÍA NAVAL ANGLOSAJONA

En 1904, cuando el imperio británico se extendía por todo el mundo, el almirante John Fisher, considerado por los historiadores navales el segundo jefe más importante de su Armada después de Horatio Nelson, resumió la razón geopolítica de la hegemonía británica con estas frases: “Cinco llaves cierran el mundo: Singapur, Ciudad del Cabo, Alejandría, Gibraltar y Dover. Y las cinco pertenecen a Inglaterra”.

Diez años más tarde, otra gran llave se añadió a la argolla: el canal de Panamá. Y poco más tarde, el estrecho de Ormuz. El surgimiento de ambos accesos demuestra que no es sólo la geografía la que determina la importancia de las vías de comunicación; también influye la labor humana.

Los canales de Suez y Panamá son construcciones artificiales que modifican la naturaleza mediante el trabajo de los hombres. Ormuz, situado en una región desértica y azotada por la piratería árabe, se incorporó a esta lista gracias a tres factores: el descubrimiento de petróleo en Persia; la construcción de la refinería de Abadán por la Anglo-Persian Oil Company en 1912, en el extremo interior del golfo Pérsico, junto a territorio entonces del imperio otomano y luego del reino de Irak; y el plan de Winston Churchill, primer lord del Almirantazgo (1911-1914), de sustituir las calderas de carbón de los barcos de guerra por motores alimentados por fueloil extraído y refinado en Irán.

Los anglosajones, con Estados Unidos como gigante ayudado por sus escuderos británico y australiano, pugnan por mantener en su cartera cuantas más puedan de esas llaves.

MALACA, VITAL PARA CHINA

Al hablar de Alejandría, hoy diríamos el canal de Suez, bajo soberanía egipcia completa desde 1956, y al sur del mar Rojo, el estrecho natural de Bab el-Mandeb, de menos de treinta kilómetros de ancho. En la orilla oriental de éste, el Yemen, donde los británicos dominaron la ciudad y el puerto de Adén hasta 1967, se libra una larga guerra civil en la que intervienen árabes e iraníes a favor de uno de los bandos; en la orilla occidental, junto al pequeño y armado Yibuti, que acoge varias bases militares, ha surgido un nuevo estado, Somalilandia.

La referencia a la ciudad de Singapur, cuya conquista por los japoneses en febrero de 1942 consternó tanto a Churchill por el daño al imperio, como a Adolf Hitler por lo que suponía de derrota para los europeos, se ha de ampliar al estrecho que sigue vigilando: Malaca, el paso entre el océano Índico y el mar del Sur de China.

Este canal natural es el área marítima más congestionada del planeta; la cruzan anualmente unos 50.000 barcos. A través de Malaca, China, Japón y Corea del Sur reciben petroleros (más de 23 millones de barriles de petróleo al día de media) y metaneros, a la vez que exportan sus productos a Europa y otros países en gigantescos buques portacontenedores. La longitud del estrecho supera los 900 kilómetros y su anchura oscila entre 390 kilómetros y menos de 40, aunque la parte reservada para el tráfico comercial se reduce en la zona más estrecha a tres kilómetros. Las armadas de los países ribereños controlan el tráfico y combaten la piratería, con la ayuda de las grandes potencias.

El petróleo y el gas natural licuado (GNL) son dos de los objetivos principales de esta ‘geopolítica de los accesos’. La Agencia de Información Energética de EEUU enumera siete cuellos de botella (chokepoints) en el tránsito de petróleo desde sus productores a sus consumidores, que, por orden de mayor a menor volumen, son: el estrecho de Malaca, el de Ormuz, el canal de Suez, los estrechos daneses, Bab el-Mandeb, los estrechos turcos (el Bósforo y los Dardanelos) y el canal de Panamá. Los estrechos daneses y turcos los usa Rusia; y el Cabo de Buena Esperanza, la tercera ruta con mayor volumen, casi el doble que el canal de Suez, no se incluye porque no es una vía estrecha.

DESPUÉS DE VENEZUELA, IRÁN

Hasta ahora, atravesaban Ormuz más de 17 millones de barriles diarios, casi la quinta parte de la producción mundial, y de ellos, el 80% se quedaba en Asia: en India y, a través del estrecho de Malaca, en China, Japón y otros países de Asia oriental. La importancia, tanto para los exportadores como para los importadores, es de tal magnitud que, durante la decrépita presidencia de Joe Biden, los gobiernos de Irán (república musulmana chiita), Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Omán (monarquías musulmanes sunitas), negociaron la constitución de una fuerza naval conjunta, coordinada por China (dictadura comunista), para vigilar esas aguas, que casi habría expulsado a EEUU.

Pero el abuelo Biden y su gobierno fantasmal ya están retirados. La firmeza del presidente Trump ha recompuesto las viejas alianzas. Aunque la soberanía sobre las aguas de Ormuz se la reparten Irán y Omán, Trump se ha arrogado el derecho a intervenir en ellas para mantenerlas expeditas, en una nueva violación de las leyes internacionales, en este caso de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.

Por ahora, las fuerzas navales y áreas estadounidenses se limitan a atacar las embarcaciones iraníes que podrían minarlo, pero durante la guerra entre Irak e Irán de los años 80, hubo ataques iraníes a barcos civiles y militares. La detención del tráfico responde a la suspensión por parte de las aseguradoras de las primas de seguros que cubren los petroleros. Sin embargo, el parón de unos 3.000 cargueros a uno y otro lado de la península de Musandam es más aparente que real. Muchos barcos apagan su localizador, cruzan el estrecho y siguen derrota a la India o China.

El encarecimiento del crudo o su desabastecimiento preocupa tanto en Washington que se rumorea que Trump va a aflojar las sanciones a la producción rusa. Aunque la medida beneficiaría a Rusia, que dispondría de más fondos para su larga operación militar especial’ en Ucrania, y a China, también contentaría a aliados de Estados Unidos, como la India, Japón y Corea. Algunos geoestrategas señalan que la causa principal del ataque de EEUU a Irán no consiste en la supresión del peligro nuclear para Israel, sino la eliminación, tras Venezuela, de otro suministrador de petróleo a China, la mayor amenaza a la hegemonía anglosajona.

La globalización hace que un cultivador de fresas de Huelva o un camionero de Santander tengan que estar pendientes no sólo de Marruecos y de Bruselas, sino, además, de los acontecimientos en lugares que recuerdan a viejas novelas de aventuras del siglo XIX.

Otro de los estrechos fundamentales para el control del mundo es el de Gibraltar, gracias al cual España podría contar algo en política internacional. De él y de la consolidación de la colonia británica por obra del gobierno socialista español nos ocuparemos la próxima semana, con el permiso del director de Ideas.

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