Progresismo e inmigración en Irlanda (y III)

A lo largo de esta década viene soportando unos niveles desorbitados de inmigración

Tal como hemos podido ver anteriormente, Irlanda, en tanto colonia sojuzgada por el Imperio británico, mantuvo una larga lucha durante siglos por defender su cultura, su identidad, su credo católico y su soberanía. Sucesivas rebeliones fueron sofocadas a sangre y fuego, patriotas de diferentes generaciones acabaron ante la horca o el pelotón de fusilamiento, no sin antes proferir algún discurso en el que llamaban a las generaciones futuras a culminar la tarea que ya no podrían ver en vida, tal como ellos sintieron la llamada de las voces ancestrales. Pero la historia jamás deja de escribirse, nunca llegaremos a la perpetua placidez del «y comieron perdices». Sí, finalmente lograron organizarse como una república independiente, pero no todo el territorio de la isla. Por otra parte, se desembarazaron de viejos yugos, aunque inadvertidamente otros nuevos ocuparon su lugar. Veámoslo con más detalle.

Es interesante observar en primer lugar cómo la legislación irlandesa ha ido modificándose a golpe de referéndum. La anhelada soberanía que tan duramente hubo que conquistar no procedió a ponerse en una vitrina, sino que ha sido ejercida periódicamente desde la aprobación de la Bunreacht na hÉireann o Constitución de 1937, llamando a la ciudadanía a posicionarse en un total de 40 enmiendas que van desde tratados europeos a cuestiones sociales y morales. Así, por ejemplo, en 1983 con una aprobación de 2/3 de los votos se introdujo la enmienda constitucional para la defensa del derecho a la vida del no nacido, mientras que en 1986 se rechazó con una mayoría del 63% la legalización del divorcio. En 1993 se despenalizó la homosexualidad, si bien por la obligación de cumplir una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y a partir de ahí se observa una tendencia generalizada a adoptar la agenda progresista con la aceptación del divorcio, del matrimonio homosexual, del aborto, la supresión del delito de blasfemia y el reconocimiento a cambiarse de sexo ante la ley. También a partir de los años 90 comienza a producirse un fenómeno inédito en la isla: de ser una secular emisora de emigrantes pasa a ser receptora. Y eso ha traído consigo enormes consecuencias que solo muy recientemente han comenzado a atisbarse.

Cabe señalar que la diáspora irlandesa en todo el mundo abarca a unos 80 millones de descendientes, de los que casi la mitad se encuentran en Estados Unidos configurando en no poca medida la identidad de ese país, como es bien sabido por cualquier aficionado al cine (¡qué sería del género policíaco sin sus policías irlandeses borrachos!). Pues bien, al ser tan amplia y gozar de tanta visibilidad era inevitable que se utilizara para justificar la actual política de fronteras abiertas. La primera ministra irlandesa durante los años 90, Mary Robinson, lo explicaba así: «deberíamos tener un enfoque muy distinto [respecto a la inmigración], recordando nuestra propia historia, recordando que eso fue lo que hicieron los irlandeses. Los irlandeses tomaron los barcos del hambre y se marcharon porque no se podía vivir en Irlanda». Quien actualmente ocupa ese cargo, Micheál Martin, sostiene un discurso similar: «las personas que lucharon por nuestro Estado y lo fundaron lo vieron como un lugar con múltiples identidades, abierto al mundo y que encarnaba el principio republicano más importante de todos, para reflejar la diversidad de su gente (…) Aquellos que quieren aislar a Irlanda del mundo, aquellos que aspiran a una pureza mítica en esta isla, no saben nada de nuestro pasado».

Es un planteamiento que hemos oído mucho también por estos lares —donde, por cierto, para emigrar las autoridades españolas exigían que no se tuviera antecedentes penales— y que resulta un tanto injusto empezando porque no somos responsables de las acciones de nuestros antepasados y, además, los actuales habitantes de nuestros respectivos países descendemos precisamente de quienes no emigraron. Quienes sí lo hicieron fue a países que los quisieron aceptar pues es, al fin y al cabo, una prerrogativa de los Estados poder decidir cuándo, cómo y a quién abren sus fronteras: la realidad estadounidense del siglo XIX y la irlandesa de nuestros días son lo suficientemente distintas como para no exigir un mismo baremo a estos que a aquellos. 

Lo cierto es que a lo largo de esta década Éire viene soportando unos niveles desorbitados de inmigración, pues la Comisión Europea señala que la población irlandesa está creciendo a un ritmo de un 3,5% anual. Esto significa que unos 150.000 inmigrantes legales llegan cada año a Irlanda, un país de 5,3 millones de habitantes. Es decir, es como si en España se instalaran cada año 1,4 millones (son medio millón, lo que sigue siendo inasumible). Si se mantuviera ese ritmo en poco más de tres décadas la población autóctona sería minoritaria…

Una consecuencia de esto es que los crímenes violentos han pasado en 2014 de 1.389 a los 2.687 en 2024, es decir, se han duplicado en una década, generando además nuevos tipos de criminalidad como las peleas con cuchillos, antes raras o inexistentes. Aquí podemos ver  la situación en algunas calles de Dublín ahora controladas por mafias rumanas. El Gobierno además está otorgando asilo a refugiados de medio mundo a unos niveles que no puede satisfacer —con más de 100.000 ucranianos acogidos—, por lo que algunos terminan viviendo en tiendas de campaña en las calles y deteriorando la convivencia.

Aun así, esto es solo una parte del problema, puesto que el flujo tan alto de población está provocando que se dispare el precio de la vivienda (de que nos suena…). En los últimos 10 años el coste del alquiler se ha incrementado un 60%, y si alguien quiere comprar una casa ya directamente puede tirar la toalla, porque se estima que la demanda cuadruplica la oferta disponible. Solo un 7% de los jóvenes entre 25 y 39 años tiene ahora una en propiedad, cuando ese segmento de edad en otro tiempo era el principal poseedor. Así que la afluencia masiva de mano de obra mantiene o hace descender los sueldos pese al supuesto auge económico del «tigre celta», si bien no deja de subir el precio de la vivienda convirtiéndola en un lujo inalcanzable. Lo que hace caer en picado la natalidad. Hay un analista político irlandés llamado Keith Woods, tan joven como brillante, que encuentra dos culpables: el desinterés por la política de los menores de 35 años (el 70% no vota) y la insaciable codicia de la generación boomer, quienes no tienen que competir con extranjeros en el mercado laboral y ven en cambio que sus propiedades aumentan considerablemente su valor. El coste de ese beneficio inmediato que obtienen es sacrificar el futuro de sus hijos y nietos.  

Pero algo está empezando a cambiar en los últimos meses. El nacionalismo ha vuelto a aflorar en Irlanda y se suceden las manifestaciones rebosantes de enseñas nacionales reclamando de nuevo una identidad y soberanía que perciben en peligro. Movilización que ha tenido su eco en Irlanda del Norte, aunque allí, cómo no, en forma violenta,  mediante disturbios callejeros (en la fotografía) y asaltos contra viviendas de inmigrantes, motivado todo ello por una agresión sexual cometida presuntamente por dos adolescentes rumanos.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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