La de Vellido Dolfos es una de las más recordadas traiciones que colman la Historia de España —que no son ni más ni menos en número ni calidad de las que se han sucedido en el devenir de toda la Europa, plagada de dos mil años de deslealtades, felonías y vilezas—. De él dejó dicho el romancero recogido por el señor Menéndez Pidal que «Si gran traidor fue el padre, / mayor traidor es el hijo». No faltan ahora prohombres de partido que lo quieran trocar de renegado universal a héroe local. Son cosas del 78, que —como los dineros ya en tiempos del Arcipreste de Hita—, «de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades».
En dos textos anteriores hemos delimitado qué son los próxenos y cuál es el nefasto resultado de su acción. En esta tercera y última pieza pondremos nombres a actos y a personas, a traiciones y a traidores. Para mejor distinguirlos conviene precisar su ámbito de actuación. Por un lado están los domésticos; por otro, aquellos cuyo trabajo tiene efectos en el exterior, fuera de las fronteras —para terceras potencias o entidades supranacionales—; y, finalmente, los de la centrada centralidad —profesionales del setentayochismo— que utilizan las magistraturas del Estado para atacar a la Nación —bien de forma abierta, bien soterrada— en beneficio de intereses extranjeros. Examinemos cada uno de estos tres grupos y señalemos algunos nombres a modo de ejemplo.
Los próxenos que trabajan desde dentro para minar la cohesión y la integridad de la comunidad política española viven a sus anchas. Tienen a su disposición un ordenamiento constitucional diseñado para que se enseñoreen de lo común. De este modo, la deslealtad goza de prestigio social y la traición es puntualmente remunerada; el vicio de la perfidia no encuentra freno moral y la virtud de la excelencia es abandonada y tenida por cosa del pasado porque no está explicitada en el articulado presente. Estos próxenos interiores son los golpistas del 17, los terroristas, los separatistas, todos ellos amos actuales de España —bien conocidos son sus nombres—, aupados por el 78 a la posición que ocupan. Cada una de sus palabras y actos perjudica al cuerpo político español en el que nacieron —el de sus padres y el de sus hijos— en estricto provecho de las potencias para las que —sépanlo o no— en realidad trabajan, las más hostiles a España: Marruecos, Francia, EEUU y Reino Unido. Ninguna de estas cuatro naciones quieren una España que sea dueña de su presente y de su futuro.
A continuación están los que —ya desde el interior, ya en el exterior— operan para estos cuatro países o para cualesquiera otros cuyos intereses corran parejos a los de esta tétrada. Estos próxenos no son muy distintos de los afrancesados de 1808 —y de los de hogaño, que aún pervive esta peste—. Forman parte de organizaciones supranacionales civiles y militares —UE y ONU (junto a sus redes de instituciones y agencias), BCE, OTAN, instancias judiciales que se atribuyen jurisdicción universal, etc.—.
La finalidad de toda asociación supranacional es la de someter a sus integrantes a los intereses de quien la domina. Así ha sido siempre, como ya lo era en tiempos de la Liga de Delos controlada por la ciudad de Atenas y la Liga del Peloponeso, cuya hegemonía era ejercida por Esparta. Todas las alianzas se forman con un pretexto defensivo y todas están abocadas al conflicto. La Historia lo ha verificado desde la Guerra del Peloponeso hasta la Primera Guerra Mundial, desencadenada mediante una imbricada urdimbre de acuerdos internacionales de defensa mutua.
Esta categoría de próxenos siempre ha formado parte de lo público, pero de un tiempo a esta parte también lo hace desde el sector privado. Son los llamados grupos de presión o de interés, que es una forma embustera de llamar al tráfico de influencias que culmina en la colusión público-privada cuyos beneficiarios enmascaran con la hechicería de la palabra «colaboración». Ahí tenemos esa sociedad llamada Acento —fundada por su Consejero Delegado, el ex ministro gasolinero José Blanco (PSOE) y presidida por el también antiguo ministro Alfonso Alonso (PP)—. Esta firma de proxenía nacida del 78 trabaja a sueldo de Marruecos, la potencia más hostil hacia España.
Acaso el tercer y último grupo de próxenos sea el que despierte la mayor y más justa de las iras. Es el de los que utilizan las magistraturas del Estado español en provecho de terceras potencias y en perjuicio de España y de los españoles. La conocida pregunta «¿Qué le debe el PSOE a Marruecos?» sintetiza la certeza intuida de que los socialistas trabajan para el enemigo. Pero, ¿sólo ellos? El PP, a través de su jefe Alberto Núñez Feijoo, manifestó hace unos años su lealtad a Marruecos si llega a presidir el Gobierno español. Lo hizo en 2022, unas horas antes de mantener una reunión con el primer ministro del vecino del sur, el que codicia territorio español.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es el actual gran maestre del colegio de próxenos que es el 78. De entre sus decisiones desde que asumió el cargo en 2018, no hay una que no haya beneficiado a terceras potencias en perjuicio nacional. Se ha dejado fotografiar con la bandera de España en posición invertida en Rabat en presencia del sultán y en una conferencia de la OTAN a la vista de todos los estados miembros de esta organización militar instrumental de los EEUU. Su inopinado cambio de la posición de España sobre el Sáhara Occidental es escandalosa: subyugó a la potencia administradora (España) a la potencia invasora (Marruecos) —los intereses económicos implicados son inmesos—. Dos ex jefes de los poderes Ejecutivo (José Luis Rodríguez Zapatero, PSOE) y Legislativo (José Bono, PSOE) también apoyan estas pretensiones imperialistas marroquíes que son contrarias a la responsabilidad y a los intereses españoles.
Aún más. La antigua ministra María Antonia Trujillo (PSOE) ha afirmado en público que la «la reivindicación marroquí [de Ceuta y Melilla] está plenamente justificada» y que su españolidad es una «afrenta a la integridad territorial de Marruecos». La señora Trujillo ha llegado al extremo de lanzar amenazas veladas contra España si cuestiona «la marroquinidad de Ceuta y Melilla».
En adición a todo lo anterior, todo el 78 —salvo Vox, justo es señalarlo— defiende la infiltración sin fin en territorio español de una quinta columna marroquí presta a las órdenes del sultán, que llegarán en un momento futuro de extrema debilidad política de España.
Existen ejemplos y hechos para continuar hasta completar un listado de próxenos y traiciones impunes que alcanzaría la extensión de las antiguas guías telefónicas. Quizá todos ellos puedan ser condensados en una única pregunta que compendia al 78 y a su espíritu: ¿por qué unos antiguos presidentes de los poderes Legislativo y Ejecutivo español tienen nacionalidad dominicana (José Bono desde 2020 y Felipe González desde 2022)?
En analogía inversa al título de Benjamin Constant, podemos describir a los próxenos como usurpadores al servicio del espíritu de conquista de terceras potencias. Todas las naciones persiguen sus propios intereses, así ha sido siempre. El problema español no es el expansionismo marroquí, tampoco la Francia que teme una España fuerte y autosuficiente ni que la anglosajonia quiera conservar el control marítimo del Estrecho de Gibraltar. El problema es que —en coherencia con su ordenamiento de proxenía— el Estado del 78 ha abdicado de su alta responsabilidad de garantizar la integridad de España y de su corolario político: la libertad y la seguridad de los españoles.