Todos tenemos momentos en la vida que son decisivos, cruces en los que un camino lleva en una dirección completamente opuesta al otro. Yo encontré uno en 1995: había dejado mi trabajo en un hotel en las montañas de Colorado y tomé un autobús en dirección al Gran Cañón, un viaje de 900 kilómetros de nada; mi plan era seguir aún más allá, hasta Los Angeles, y conocer California.
Nunca cumplí mi plan porque me entró canguelo. Iba solo, en un autobús de Greyhound con mucha gente muy normal y otra gente con pinta chunga, tenía 22 años y pocas ganas de pasar horas, quizás días, viajando de baratillo, y luego tener que arreglarme un vuelo en California para volver a Denver, y desde ahí a España, porque eventualmente tendría que regresar a acabar la carrera de periodismo. Así que me bajé del autobús en la primera parada y compré un billete para Denver. Lo que quiero decir con esto es que nunca conocí California al final de su época dorada: y ahora ya ni yo ni nadie podría hacerlo.
En aquel año, el estado estaba gobernado por el republicano moderado Pete Wilson, que en 1999 dejó el poder al pirado demócrata Gray Davis (uno de solo dos gobernadores estadounidenses en haber sido expulsado del cargo), quien luego fue sucedido por, quién se lo iba a decir, Arnold Schwarzenegger, quien ha sido el último republicano (moderado) en haber tenido un alto cargo en California.
En las últimas dos décadas, el estado ha caído bajo el control de los izquierdistas más radicales de occidente. Escribí hace un tiempo sobre el origen siniestro de esta facción progresista de California, organizada en los años 1970 en torno a una serie de personajes de San Francisco incluyendo el criminal Reverendo Jim Jones, quien organizó la matanza de 918 de sus propios seguidores en Guyana.
De ese mundillo salió Nancy Pelosi, hija de un político con lazos con la mafia que se convirtió en la Hada Madrina del Partido Demócrata en años recientes, y salieron también Kamala Harris (vicepresidenta con Joe Biden y candidata a las presidenciales en 2024) así como el actual gobernador de California, el Pedro Sánchez de EEUU y más probable sucesor de Donald Trump tal como están las cosas: Gavin Newsom.
Bajo el liderazgo de esta gente, California ha caído en picado en todos los sentidos. La mejor forma de entenderlo es pensar en la alianza que dio lugar al progresismo moderno, después de la caída del Muro de Berlín en 1989: por un lado, la gran empresa y la clase alta necesitan mano de obra y jardineros baratos así que favorecen la inmigración masiva; por otro lado, a cambio del apoyo izquierdista en ese frente, toleran las manías típicas de la izquierda más radical, desde la droga hasta las “transiciones de género” pasando por la periódica demonización de la policía.
El resultado es un estado que ha llegado a una curiosa stasis: los barrios populares están llenos de basura, los hospitales llenos de menores castrados, los parques llenos de drogadictos y las infraestructuras se caen a cachos; pero la economía presuntamente va como un cohete, Silicon Valley tiene acceso a todos los aspirantes a programadores del mundo a precios de risa, y los beneficios que fluyen en todas direcciones han coadyuvado a una enorme burbuja inmobiliaria. En el proceso, los afroamericanos han sido reemplazados como lumpeproletariado dominante por los latinos más pobres.
En resumen, los demócratas californianos han emergido como el centro del espectro político, aceptables tanto para los millonarios como para la clase alta con jardineros y chachas con precios de descuento que prefiere no tener patologías afroamericanas cerca; y aceptables para un creciente electorado latino al que compran con subsidios (obviamente, los déficits y deuda generados son brutales, lo que explica que no haya un duro para infraestructuras) y promesas de mirar a otro lado cuando sus primos crucen ilegalmente la frontera.
En este contexto, no extraña que ningún republicano soñara siquiera con presentarse a alcalde de Los Angeles hasta que un personaje de televisión que tiene bastante en común con Schwarzenegger y Donald Trump decidió que por qué no.
Spencer Pratt, de 42 años, se hizo famoso con un reality show (lo que, en California, es algo del todo respetable) y carece de trayectoria política alguna. Lo que tiene Pratt es un paquete de ideas sólidas, de sentido común, sobre cómo mejorar la gobernanza de un estado que colapsa más deprisa cuanto más rico se hace: ya saben, controlar el déficit, frenar la inseguridad, hacer que se cumplan las leyes de inmigración… La típica receta que rechaza la izquierda en todos los continentes, como primer paso a lo que en su mente representa el fascismo.
Más allá, Pratt tiene un tremendo talento para el troleo y la autopromoción, que ha usado con gran efectividad para subir rápidamente en las encuestas.
En un tweet reciente, Bass se cachondea de los demócratas que dicen que el problema de los mendigos que invaden la ciudad (casi todos drogadictos esquizofrénicos) es de falta de “soluciones habitacionales”, y el vídeo que acompaña al tweet muestra a un mendigo en el centro de la ciudad, dedicado a tirarle sangre a la gente que pasa. Otro vídeo es sobre los perros a los que los mendigos antes citados torturan por diversión. En otro tweet explica que decidió presentarse a alcalde cuando vio a la actual alcaldesa (y favorita a la reelección) quedarse de visita oficial en Ghana cuando el año pasado Los Angeles tuvo su mayor incendio en décadas, y la casa del propio Pratt fue destruida por las llamas.
El mayor problema que tiene Pratt no es su falta de experiencia política. Su principal rival, la alcaldesa Karen Bass, tampoco es un problema: es una pobre criatura del partido, un personaje irrelevante que repite eslóganes en los mítines, carente de ideas propias más allá de lo que es aceptable en el mundillo progre, optimizado para sonreír y presentar un aspecto animoso. En el PSOE triunfaba.
El mayor problema que tiene Pratt es que California es prácticamente un régimen unipartidista. Ahora mismo, Pratt está en bastante cerca de Bass en las encuestas, pero eso es gran medida porque hay muchos otros candidatos demócratas que dividen el voto de izquierdas. Si Bass (o Pratt) no ganan la primera ronda con mayoría absoluta el 2 de Junio (lo que parece imposible ahora mismo), habrá una segunda ronda de votación en noviembre: es mucho tiempo para que Pratt prepare nuevos troleos y argumentos ganadores contra Bass, pero al mismo tiempo en una segunda ronda todo el voto de izquierdas se concentrará en favor quien no sea el candidato de derechas.
Siendo realistas, hay pocas posibilidades de que Pratt llegue a ser alcalde de Los Angeles. Lo tiene todo en contra, menos a sí mismo. Pero su desafío al régimen unipartidista debería ser una fuente de inspiración para occidente: si un tipo cuya experiencia laboral se centra en la tele puede plantarle cara a la maquinaria electoral más poderosa de EEUU, los demás aún tenemos esperanza.