Durante una reciente entrevista uno de los hermanos Wachowski, ahora disfrazado de funcionaria del ayuntamiento de Fuenlabrada, caía en ese vicio tan frecuente del artista que no sabe estar a la altura de su obra y cree que le pertenece en exclusiva: «No sé cómo la ideología de derechas se apropia absolutamente de todo. Se apropian de puntos de vista de izquierdas y los mutan para su propia propaganda, para desvirtuar y oscurecer cuál es el mensaje real. (…) Yo miro todas esas teorías locas y mutantes en torno a las películas de Matrix, y las ideologías disparatadas que esas películas ayudaron a generar, y solo pienso: ¿Pero qué estáis haciendo? ¡No! ¡Eso está mal!». Si bien, tras ese lamento, concluía resignadamente: «tienes que soltar tu obra. La gente la va a interpretar como la interprete».
Efectivamente, la obra de arte es, por definición, evocadora y subjetiva. Permanecerá incompleta hasta que llegue un espectador y le dé el último retoque para darle el sentido que quiera, adaptándola a su vivencia interior. Tal o cual canción, de la que apenas se entienda unas palabras sueltas en inglés, podrá escucharla uno tras la última ruptura amorosa mirando el cielo nublado y ahí quedará asociada a esa melancolía, ea, que no venga luego la cantante a darnos la lata sobre lo que quiso decir realmente. Por eso las grandes creaciones trascienden su época y lugar, superando el estrecho corsé del contexto en que surgieron para adquirir un significado más amplio y por ello, también, Matrix pretendió tratar, dicen ahora sus autores, sobre la transexualidad, pero una parte de su público extrajo de ella metáforas actualizadas del mito platónico sobre el orden social vigente y las verdades —píldoras rojas— que nos hacen tomar consciencia de las falacias en las que el sistema se sustenta.
«La primera fuerza que gobierna el mundo es la mentira» decía Revel, y a veces cabe sospechar que en las democracias tiene aún más protagonismo, debido a la constante búsqueda del refrendo de la ciudadanía por las facciones enfrentadas: la clase dirigente tiene que hacernos creer que lo suyo es por nuestro bien. Así, se convierte en una carrera sin fin rasgar cada nuevo velo que pongan ante nuestros ojos para manipularnos, escapar del matrix alienante que conforma el sistema político-mediático en el que estamos inmersos. Debemos asomarnos cada día a las noticias siempre alerta y con la mano presta en el revólver, pues cada titular es un arbusto con un indio detrás acechándonos. Bien pensado, resulta esperanzador que pongan tanto empeño en engañarnos, porque eso significa que aún tenemos algún poder en nuestras manos, si no, no se tomarían esa molestia.
Dicho esto, en los últimos años somos cada vez más quienes hemos tomado la pastilla roja extendiendo esa actitud de sospecha también hacia la cultura contemporánea. No se trata únicamente de que cada personaje de la farándula cuando acuda a entrevistarse con Broncano recite de carrerilla cada axioma progresista, que demuestre enfáticamente su apoyo al partido que reparte las subvenciones a su negociado: es el propio artefacto cultural el que viene cargado de intención. El tema que aborda y el enfoque que le da fijan la atención del público, dejándolo predispuesto, familiarizándolo con unos valores y una cosmovisión, como fruta madura que luego cae cuando llega el político de turno a agitar el árbol. «La política es consecuencia de la cultura» era, precisamente, el lema que llevó a Andrew Breitbart a fundar el medio Breitbart News hace casi dos décadas, cuya dirección corrió a cargo de alguien que luego alcanzaría un gran renombre, Steve Bannon. La intención era entonces revertir el proceso y es lo que empezó a llamarse, concepto ahora repetido hasta el hastío, «guerra cultural».
Pues bien, uno de los más finos analistas políticos de nuestros días, el inglés de origen iraní Neema Parvini, viene a sostener lo contrario en su último libro, Applied Elite Theory. La política es cosa de minorías organizadas, nos cuenta, que una vez logran hacerse con el poder imponen su agenda, legislan a su antojo, y es entonces cuando cambia la cultura. El órgano crea la función. Pone como ejemplo la Civil Rights Act de 1964 en Estados Unidos que, al imponer cuotas para la integración de la población negra hasta entonces segregada, termina privilegiando toda clase de colectivos que se consideren víctimas y dando lugar a lo que luego se conocería como ideología woke, proceso que explicamos en este artículo.
También señala cómo en una encuesta realizada en 1971 en Estados Unidos, ante la afirmación «ser mujer me ha impedido hacer las cosas que hubiera querido en la vida» el 79% respondieron que «prácticamente nunca», el 12% «ocasionalmente» y un 7% «frecuentemente». Un patriarcado opresor bastante flojito. Entonces en 1973 llegó la sentencia del Tribunal Supremo del Caso Roe contra Wade, que legalizó el aborto y fue ese cambio legal el que impulsó el feminismo, y no a la inversa, doctrina que llegó entusiasta a liberar a unas mujeres que no se sentían oprimidas. Naturalmente, en su mitología propia se considerará un movimiento impulsor del cambio político antes que una estela de este.
Lo cierto es que el enfoque de Parvini adquiere mucho sentido si nos fijamos en España durante las últimas décadas. Ya analizamos en su momento lo que supuso la ley de 2004 sobre la que fue llamada desde entonces «violencia de género». Si echamos la vista atrás cabe recordar que la violencia doméstica y los uxoricidios tuvieron un creciente protagonismo mediático a finales de los 90 y comienzos de los 2000, aunque nada comparable a lo que vino después…
Si uno procede a estudiar la legislación y la estructura del Estado va viendo desfilar ante sus ojos un enorme surtido de agencias, observatorios, comités y comisiones, estructuras de poder que pasan a adherirse a los Presupuestos como el percebe a la roca. Su actividad favorita suele ser la redacción de informes, así que al final cabe preguntarse si habrá alguien que se los lea ¡Qué hallazgos para el mundo podrá haber allá escondidos! Tal vez sus escribas sean como aquel teólogo que imaginó Borges que para refutar la circularidad del tiempo «erigió vastos y casi inextricables períodos, estorbados de incisos, donde la negligencia y el solecismo parecían formas del desdén». La cuestión es que la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, segregó muchísimo de esto, llegando a crear Juzgados de Violencia sobre la Mujer, como jurisdicción especializada dentro del orden penal de forma única en Europa, y cabe suponer que en el mundo.
La cosa no acabó ahí, pues la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, tuvo un alcance equiparable. De esta última, cabe señalar que en su exposición de motivos cita a John Stuart Mill como referente ideológico (para quienes dicen que todo esto es marxismo cultural) y establece la obligación de realizar un informe de impacto de género en todos los reglamentos y leyes que apruebe el Consejo de Ministros. Es decir, es una ley que influye en todas las leyes posteriores, pues Rajoy no encontró tiempo en siete años para derogarla y Sánchez incluso la ha ampliado.
Entre otras muchas medidas, aquella desdichada ley incorporó al sistema educativo la «formación en materia de igualdad» (cuando alguien se pregunte por qué la juventud es ahora tan joseantoniana, a eso reaccionan), promovió la instrumentalización de los medios públicos al servicio del ideario feminista, así como un «código de autorregularización» en los de titularidad privada, creó un Observatorio de la Publicidad y «unidades igualdad» en cada ministerio, además de exigir a cada empresa de más de 50 empleados la redacción de «planes de igualdad».
La España que hemos conocido desde la segunda década de este siglo de las manifestaciones multitudinarias el 8M, convocadas aún en plena pandemia; la que le monta un proceso inquisitorial a Rubiales por un beso y considera enemigo público número uno al chaval que grita un par de vulgaridades desde la ventana de un colegio mayor; la que promovió a la organización criminal Infancia Libre, luego indultada por el Gobierno en 2022; la que vivió un verano de histeria colectiva en torno a unos inexistentes pinchazos; la que ha venido centrando todos sus debates públicos obsesivamente en torno al «machismo» es, al final, fruto de ambas leyes de Zapatero, la de 2004 de viogen y 2007 de igualdad. Ese es el Matrix del que es hora de despertar.